El día más triste de Arsenio Rodríguez

por | Mar 9, 2024 | Artículo, Crítica Documental, XXI Festival

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El día más triste de Arsenio Rodríguez

Fotografía: Carlos D. Carrillo

Arsenio Rodríguez compuso “La vida es un sueño” el día que supo que no podría recuperar la visión. Había viajado a Nueva York para visitar a un médico que, según decían, podría curarlo. Sin embargo, al evaluar su caso, el médico determinó que su ceguera era irreversible. Tras ese diagnóstico demoledor, Arsenio Rodríguez regresó al lugar donde se hospedaba, le pidió a su hermano que lo acompañara a la habitación y allí le dictó los versos de su mítica canción.

Desengañada, desgarradora, “La vida es un sueño” es una canción profundamente melancólica, donde su autor le echa en cara a la vida su incapacidad para evitarle desdichas, lo que parece contradictorio, pues, según dicen, Arsenio no era para nada un hombre triste, sino más bien jovial y extrovertido, que se burlaba, como tantos invidentes, hasta de su propia ceguera. Sus canciones, como reflejo de lo que llevaba por dentro, solían ser alegres, irónicas, cargadas de motivos humorísticos y dobles sentidos. 

Por eso resulta sugerente que el documental “La vida es un sueño”, de la joven realizadora Arlety Veunes, haya elegido el momento más triste de la vida de Arsenio no ya como título, sino que virtualmente haya ubicado este suceso en el centro mismo del metraje, como una bisagra, como un eje magnético y silencioso alrededor del cual gira todo el argumento. 

La elección no deja de ser riesgosa, sobre todo porque el documental ni siquiera está contado en el tono luctuoso de la canción. Desde su mismo inicio en un pequeño pueblo matancero, Güira de Macurijes, donde también nació la directora del documental, el tono es casi tan fresco y jovial como el carácter del biografiado, con un grupo de entrevistados que hablan de él con desenvoltura y admiración, sin sombra de pesar.

Y es que quizás ese día trágico haya sido el más importante y decisivo de su existencia, pues, como pudo haber agregado a su canción, la vida está hecha de incoherencias, contradicciones absurdas y sucesos fortuitos que definen nuestra existencia más de lo que nos atrevemos a admitir. El día que Arsenio Rodríguez compuso la canción marcó el final de sus esperanzas de recuperar la visión, pero de alguna manera despejó el camino hacia nuevos rumbos para su vida y el desarrollo de su música. Pocos años después emigró a Nueva York —el mismo sitio donde le dijeron que sería ciego para siempre—, donde logró establecer los conjuntos de pequeño formato e imponer el son montuno, sonoridad que dejó una profunda influencia en la música latina y sentó las bases para el desarrollo posterior de la salsa.

El cortometraje documental La vida es un sueño es un resumen de los tumbos que dio la vida de este gran compositor, desde la patada que le dio una mula que lo dejó ciego hasta el anuncio que le dio un doctor de que no podría volver a ver; desde sus viajes a Matanzas o Marianao para descubrir los secretos de la rumba hasta esas mudanzas sucesivas de Güira de Macurijes al Güines de Tata Güines, de allí a La Habana de Miguelito Valdés y Chano Pozo y de allí al Nueva York de los años dorados de la música latina. Es también una indagación de esa ceguera providencial que lo obligó a tocar el tres como nadie y que lo sumergió en un mundo de tanteos y sonidos nuevos que no solo transformaron el son, sino que enriquecieron varios géneros como el bolero y la guaracha y condujeron al nacimiento del mambo. 

El gran mérito de La vida es un sueño, que resultó ganador del premio al mejor documental realizado por un colectivo joven en la edición 21 del Festival Internacional de Documentales Santiago Álvarez in Memoriam, donde compitió en calidad de ópera prima, es precisamente la agudeza con que se eligió y distribuyó a lo largo del metraje lo que se conoce de la vida de Arsenio, aún a costa de no profundizar, por ejemplo, en esa segunda parte de su vida en Nueva York, de la que al parecer no se sabe mucho, y que pudiera investigarse allá donde ocurrió para darle una continuación al documental. En esa posible secuela, que pudiera ayudar a que se instale de una vez en la memoria colectiva de sus compatriotas que Arsenio Rodríguez es uno los más grandes innovadores de la música cubana, podría también explorarse por qué desde su muerte, ocurrida hace más de medio siglo, no ha habido tiempo suficiente en Cuba para hacerlo. 

A pesar de la poca experiencia de su directora, resulta llamativo el buen pulso y la sobriedad con que se manejan los contenidos del documental, en especial esa contradicción esencial que lo conforma, el dominio sobre la carga emotiva del relato —siempre en peligro de desatarse cuando se trata de biografiados entrañables— y el uso de variedad de recursos narrativos, que consiguen evitar que el exceso de entrevistas rompa un equilibrio de por sí delicado, lo que suele ser el peor defecto de este tipo de materiales de espíritu reporteril, que se nutren en su mayor parte de una combinación de testimonios de entrevistados y materiales de archivo.

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